De: Carlos Battaglini / Inmediaciones

¿Qué pasa si leo El Quijote y no me gusta, eh? ¿Qué sucede si después de leer obras de Shakespeare como Julio César o Romeo y Julieta me quedo igual que antes? ¿Si resoplo leyendo La Ilíada, tengo un problema?

Los palos (buscados o no) que el reciente artículo de Kiko Amat en Babelia ¿Por qué estamos obligados a leer un tostón como ‘Moby Dick’? recibió por parte de algunos sectores literarios así como de centenares de usuarios rasos, me ha recordado una vez más lo virulento que puede resultar criticar la valía de un clásico: es decir aquellas obras (a falta de paradigma aprobado) a las que se sigue elogiando después de mucho tiempo.

En efecto, piénselo bien antes de lanzarle un dardo a un clásico porque estos muertos están muy vivos.

Si usted le tose a Cervantes, Shakespeare o Víctor Hugo correrá el riesgo de ser acusado inmediatamente de envidioso, frustrado, rencoroso cuando no de ignorante. Dicho ataque pasional no solo buscará castigar la osadía del hereje, sino lo que es más grave, de manera directa o indirecta orillará el verdadero debate: ¿se merecen algunos clásicos dicho honor eterno?

Yo mismo (no es el caso que mejor conozco) sufrí uno de estos ataques no hace mucho cuando en un foro literario de estos, comenté lo sobrevalorada que estaba “Historia de dos Ciudades”, un clásico de un autor no menos clásico: Charles Dickens. Aciertan ustedes: a los pocos minutos ya había saltado una especie de hooligan hater diciéndome de todo. Da igual que el propio ‘líder’ del foro me diese la razón, lo interesante aquí (o preocupante) es el hecho de constatar que el pensamiento único no solo azota al ámbito de las opiniones políticas sino que también se columpia sobre otros terrenos como el literario. Si en política democracia, libertad o igualdad son conceptos incuestionables (y pobre de aquel que arremeta contra ellos aunque pretenda mejorarlos) en literatura ocurre algo parecido con los clásicos. Una crítica negativa a Proust o Goethe se castiga en el código inquisidor literario, con insultos y marginación.

Si bien estoy totalmente en contra de pretender hacerse “famosete por un día o dos” a costa de atacar a una figura pública o un clásico, sí defiendo la imperiosa necesidad de acercarnos a ellos sin ningún tipo de prejuicios o miedos (a ser llamados como mínimo incultos) sino todo lo contrario: abrazando una opción que enaltezca el criterio propio. Entonces, si Proust nos parece un rollo ¿por qué no decirlo? Sin ir más lejos, el pasado fin de semana cuando comía con una pareja de franceses, los dos se llevaron las manos a la cabeza cuando les comenté que me había embarcado en la relectura de En busca del tiempo perdido.

Si alguien me quiere preguntar, le podré decir que hay clásicos que me han gustado y otros que me han dicho más bien poco. A los hooligans cervantinos les aclararé que El Quijote me sorprendió porque me gustó más de lo que creía: lo que pensaba iba a ser un soberano coñazo acabó convirtiéndose en una dinámica y entrañable narración plagada de conocimiento. El Ruido y la Furia de Faulkner en inglés (si se lee en español la obra se echa a perder) me proporcionó un sufrimiento totalmente compensado por una obra a la que solo puedo calificar de sublime. Dublineses de Joyce es sencillamente magistral. La Odisea de Homero posee una sabiduría, un ritmo y una estructura que más quisieran millones de libros actuales. Y así podría continuar y continuar.

En realidad, el asunto de los clásicos se enmarca en ese tipo de debates interminables. Como decía Calvino en su clásico libro Por qué leer los clásicos, “si no salta la chispa, no hay nada que hacer”, por lo que uno debe construirse su propia biblioteca de clásicos, lo que el autor italiano denominó “mis clásicos”. Por eso, cuando pienso en libros que me han marcado siempre salta en frente de mi frente El pequeño vampiro de Angela Sommer-Bodenburg, libro casi ignoto y por supuesto nunca considerado clásico por la atalaya literaria.

Misteriosamente, hay otros muchos clásicos que me hacen dudar: aun habiéndome proporcionado admiración y disfrute en su momento, me producen una cierta pereza al recordarlos en el presente.

Me ocurre por ejemplo (perdón, perdón, lo sé…) con Rayuela del gran Julio Cortázar. Da la impresión de que el tiempo y los estados de ánimo determinan la calificación de un libro en concreto, un dictamen que nunca es estático sino todo lo contrario: muta, vuela. Me pasó por ejemplo con Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski: la primera lectura en pleno periplo universitario me encandiló, la relectura unos años después me desesperó por momentos. Es difícil discernir las propiedades subjetivas que el tiempo y las sensaciones producen sobre los hechos, con la lectura de los libros ocurre lo mismo, las arenas son movedizas, somos un tanto raritos (no te saludo cuando te veo por la calle).

¿Qué hacemos con los clásicos entonces?

A pesar de todo lo dicho, creo que si uno quiere ser escritor de verdad debe leerlos, pero siempre sin olvidar la perspectiva. De este modo nos podrá parecer pesada La Iliada, pero no se debe olvidar que Homero la escribió en el 762 a.C. ¿Qué libros había por aquel entonces? ¿Cuáles eran las referencias de Homero, su intertextualidad? Las respuestas ya nos dan una composición de lugar que otorgan a la obra una calificación notable. Por tanto, no parece descabellado aconsejar el leer a los clásicos con una intención pedagógica, más que con unos fines lúdicos que sí les dará una revista del corazón o un diario deportivo.

Mientras tanto sí, lea, lea a los clásicos pero no se olvide que usted nació con un cerebro propio.

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