Progreso y transporte público en La Paz

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Estimado lector, ¿es usted capaz de imaginar una huelga –con bloqueo incluido– de trabajadores de COTEL exigiendo que la gente no utilice celulares? ¿O a antiguos propietarios de cines amenazando con chicotear a quienes decidan ir a las multisalas? ¿O a los empleados de ECOBOL, que invocando su derecho al trabajo busquen prohibir el envío de correos electrónicos? ¿O a los dueños de los periódicos Presencia, Hoy u otros exigiendo cerrar nuestras cuentas de Twitter para que así volvamos a comprar sus ejemplares impresos?

No, ¿verdad?

Entonces, ¿por qué nos parece normal que un sector realice ese tipo de acciones? ¿Más aún si ese sector presta un servicio mucho menos eficiente que los mencionados  líneas arriba (y hoy extintos, o casi)?

El sector en cuestión es, claro, el del transporte público de la ciudad de La Paz.

Este servicio inicia con los tranvías, y se consolida el año 1909 con diez líneas que cubrían buena parte de la demanda de entonces. Cada vagón llevaba 30 pasajeros sentados, aunque su velocidad promedio era de solo 10 km por hora.

El año 1928 llegaron los primeros buses (GMC y Chevrolet, sobre todo), a los que la gente bautizó como “cajoncitos”, siendo merecedores de la preferencia de los usuarios por su mayor velocidad y porque permitían subir y bajar en más lugares. Para el año 1940 se forma la “Sociedad de propietarios, choferes y cobradores” de estos vehículos, y el posterior crecimiento del servicio desplazó al de los tranvías, que dejaron de funcionar el año 1950.

Ya en la década de los 70, llegó el servicio de los llamados “micros”, identificados por letras en lugar de números (que usaban los colectivos). Aunque ambos servicios convivieron varios años (La línea de colectivo “2” existe hasta hoy), con el tiempo los colectivos cedieron espacio a los micros, pese a que éstos llevaban una menor cantidad de pasajeros (lo racional hubiese sido el fenómeno inverso, pero parece que los paceños tenemos problemas con esa lógica).

En los años 80 del siglo pasado, se desreguló el sector de transporte, permitiendo el surgimiento del llamado “transporte libre” (antes de eso, las placas de los taxis eran de color rojo, y solamente esos vehículos podían prestar tal servicio). Poco después surgieron los hoy famosos minibuses (con capacidad para 10 pasajeros, pero acondicionados para llevar 14, con el obvio sacrificio de comodidad para los pasajeros), con sus diminutos hermanos menores, los malévolos carrys, que cual Chuckys motorizados, se encargan de torturarnos en su diminuto espacio interior (capacidad real de 8 pasajeros, aunque en La Paz llevan 10).

Por ser algo actual, no requiere explicación la oprobiosa figura del “quinto pasajero” de los trufis (inevitablemente me recuerda al octavo pasajero de Alien), ni la de “espalderita”, moderna tortura que aplican minibuses e incluso carrys, que además de causar serias incomodidades y dolores físicos al pasajero, parece que busca además menoscabar su sentido de dignidad, quizá para evitar que reclame a futuro un servicio eficiente a este sector.

Al margen de esos datos cuasi históricos, quiero compartir con el lector algunos recuerdos personales.

Mis recuerdos más tempranos me tienen como colegial pasajero de micro. Iba yo temprano a la plaza de la Villa Armonía a tomar el micro “D”. Al llegar, empezaba a contar la cantidad de personas en la fila, y dividiendo el total entre 24, sabía cuántos micros debería esperar para poder abordar uno. Este simple recuerdo implica un par de cosas: Primero, la gente hacía colas, y las respetaba. Segundo: Los micros recibían 21 pasajeros sentados, y solo 3 parados (no sé si por un acuerdo tácito o alguna norma específica). Tiempos idos.

Ya en mi pubertad, El micro “B” unía la plaza Andrew de Sopocachi con el Barrio Gráfico de alto Miraflores. Esta línea no existe más, como la mayoría de micros.

Existía también un servicio denominado “Trufibús”; se trataba de combis marca Volkswagen que prestaban servicio entre alto Sopocachi y la zona central  pasando por la plaza de San Pedro. Hoy es también solo un recuerdo, como los colectivos 16 y 14, que iban a Villa Armonía y sucumbieron ante las nuevas líneas de micros, lo mismo que los vehículos llamados “piqueras”, que solamente en las noches transportaban pasajeros desde la entrada a la Villa Armonía (final calle Villalobos) hasta la plaza de la misma zona.

Estoy seguro que cada quien, dependiendo de su edad y de la zona en que haya vivido, recordará medios de transporte urbano que dejaron de existir simplemente porque los usuarios en su momento prefirieron otros, por la razón que fuera.

Insisto. Ninguno de esos medios de transporte hoy desaparecidos ejercieron medidas de presión contra la ciudadanía para su permanencia. El hecho de que ahora tales medidas se asuman como algo natural, no habla mal solamente de quienes las ejercen, sino de la sociedad toda, que considera normal que un sector chantajee a toda la ciudad utilizando como argumento su derecho al trabajo, ignorando que todo derecho conlleva obligaciones, que en este caso particular, no han sido cumplidas, lo que hace que actualmente La Paz tenga un transporte público en paupérrimas condiciones.

Esa es la verdadera causa de la gran acogida que brindaron los paceños al Pumakatari y al Teleférico. Y es que la idoneidad de un servicio de transporte obtiene la preferencia de los usuarios, lo que conlleva la desaparición de los medios que pierden dicha preferencia.

El Pumakatari y el Teleférico nos recordaron a los paceños que sí somos capaces de esperar nuestro turno, de ceder el asiento, de saludar y ser, en suma, ciudadanos educados. Sacan lo mejor de nosotros, y eso es bueno.

Acusan al Pumakatari de estar subvencionado… ¿y qué? El gobierno municipal aceptó tal subvención, e incluso mencionó que asciende a un 2% de su presupuesto. Es decir, que usan parte de mis impuestos (y de los suyos) para que el pasaje del Puma sea el que es. Esta figura se da con el transporte público en ciudades de todo el mundo.

La tendencia lógica en el transporte urbano es utilizar menor cantidad de unidades, cada una con mayor capacidad de pasajeros, lo cual ayuda a disminuir la contaminación, las trancaderas en las ciudades, e incluso el costo del pasaje.

Ya es momento de que La Paz siga esa línea.


(Con datos obtenidos de la publicación “El transporte en La Paz”, de la HAM, y del video “Historia del transporte paceño, de ATB)

1 Comentario

  1. Nuestra calidad de vida bajaría mucho si dejarán de existir los minibuses. Hace unos años viví un tiempo en el primer mundo «desarrollado», donde sólo hay metro o trenes con rígidos horarios y muy largos espacios, que si los pierdes, te matan el día y carísimos taxis. Las paradas de metro muy alejadas, te obligan a pagar pasajes carísimos de taxis, tener tu propio vehículo o caminar larguísimas distancias… con altos niveles de estrés, si eso es progreso, me quedo con el minibus q por un baratisimo pasaje, me recoge y me deja en la puerta de mi casa, con una frecuencia de minutos

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