El soldado Maradona

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Si Maduro me llama, me pondré el uniforme de soldado de la revolución, algo así dijo Diego Maradona, El Diego, Pelusa, La Mano de Dios, en cuanto a la tragedia de Venezuela. En su momento defendí a este hombre, ilustré mi artículo con un afiche del filme de Kusturica… Hoy no me desdigo, mantengo lo de su momento, sus actividades de “sindicalista” del fútbol, las justificadas quejas de explotación por parte de los empresarios. El circo… Luego se le dio por la política; tenía un Che tatuado en el cuerpo como quien se tatúa desnudos. Guevara es la diva de la revolución y su barba la llevan hasta en el culo.

Vi, el domingo pasado, otro Che en la pantorrilla de un muchacho hijo de amigos a quienes quiero mucho. Me callé, apuré un ron en Cuba Libre, trago de gusanos lo llamaron. Y a tiempo de bailar, tocamos a Carlos Puebla, porque esos sones guevaristas son piezas bailables además de lindos recuerdos.

En tiempos de Chávez, el coronelito invitaba con frecuencia al mediocampista argentino. Se echaban piropos uno al otro despertando sospechas, ya que ninguno de los dos era lo que llamaríamos varonil, pero qué importa. Sin embargo, como digresión, vale decir que entre los izquierdosos de nuevo cuño, los que se inventaron un siglo para ellos como Hitler un milenio, hubo, y hay, exceso de meneos feminoides: Morales, García Linera, Correa, Maduro, Chávez, Boudou, algunos parlamentarios masistas bolivianos, Choquehuanca. Busco en los papeles raros de Marx alguna relación entre sexualidad y digamos “progresismo” y no hallo nada. No soy políticamente correcto y no pesa decir que eran, y son, una banda de maricas. No Proust, no Whitman, ni Gide ni Ginsberg o Salvador Novo, sino maricas de medio pelo.

Maradona y Chávez… Cuando eligieron en Colombia a Santos aparecieron en televisión los personajes, despotricando contra Uribe y su antiguo ministro, a la sazón, presidente. Pelusa, el politólogo de las Américas, espetó un par de burreras que festejó el milico y viceversa. Maradona miraba a Chávez como miran los venezolanos a la de Coromoto, la virgen, a pesar de que tienen modelos casi en cueros mucho más atractivas y parlanchinas que una estatua de yeso o madera. ¿Para qué? Bien pronto estaban Chávez y Santos dándose de besitos en un aeropuerto por ahí. El Diego agarró su pelota y se puso a hacer piruetas; se calló, no podía decir que el milico Chávez era un cobarde que no se ajustaba a su palabra.

Lo que me disgusta de este que fue astro del fútbol es su extrema vanidad y una vocecilla condescendiente al hablar con periodistas. Además de actuar como intocable: que ni me acaricien la rodilla porque soy dios, semidiós, titán. Presuntuoso y prepotente, vocea hasta el fin del mundo su superioridad sobre Pelé. No sé, no vi al brasilero jugar porque la televisión llegó a Bolivia con atraso de décadas. Que Maradona fue bueno, excelente, brillante, seguro, pero si fuiste mejor, te callas, ajústate las bragas y actúa como hombre.

Pues ahora quiere alistarse al ejército de engendros narcos, asesinos, del patán venezolano Nicolás Maduro. Pónganle un uniforme, poca tela necesitarán para un chaparro; denle fusil y al frente. Veremos, porque la danza de las balas es otra que la de las pelotas y los calzones rosa que sirven para abrigar los cojones se pueden humedecer con facilidad. Pero tiene que rebuznar, no conformarse con que el tiempo hace su trabajo de zapa. Bocón.

Lo vi no hace mucho en un festejo en Nápoles donde sigue siendo ídolo. Sabrá Maradona que la Camorra y la ‘Ndrangheta son organizaciones en esencia contrarrevolucionarias ¿o ya no?, tal vez en esta época confusa son la primera línea de la revolución. De todos modos tienen negocios conjuntos con las mafias socialistas de América. En el recuento que hace Roberto Saviano de la mafia italiana no recuerdo haber leído mucho de estas afiliaciones pero son obvias.

No debiéramos perder el tiempo con las necedades de un futbolista que se niega a crecer. Sin embargo asombra el poder mediático de estos individuos, supuestamente deportistas y no empresas de lucro y corrupción. Se los escucha, e imagino que en Argentina, para muchos, deben ser casi evangelio. Traigo a colación un texto mío que criticaba el abandono de Messi de la selección nacional. Un tipo escribía en mi blog una sarta de insultos porque había osado “ofender” al elegido. Iban desde mi profesión hasta mi origen boliviano. Supuse que para tal hincha, Messi, como seguro Maradona, era un fetiche con el cual se acariciaba el ano, el orgasmo pospuesto por una vida entera y nunca encontrado con su pareja. Había, sin querer, dañado el vibrador que el criticón guardaba en la mesa de noche, supongo que con fotitos de Hugo Chávez, del barbón Fidel y con la sonrisa de Leonel en la punta y el 10 del Pelusa en la base donde se asientan un par de inflados testículos de goma.

 

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