El cocodrilo llorón

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El día fue extraño, mientras los animales se asustan por los rayos de una tormenta, él cocodrilo baila. Y más extraño aún, que pasada la tormenta llora hasta por el vuelo de una mosca.

Una mañana, mientras el cocodrilo nada en el rio encuentra un dado, y se pone a  llorar, cree que se le ha caído un diente.

Su amigo Cocodrokis, para que no llore más, le enseña a jugar con el dado.

—Los números más bonitos del dado son el uno y el seis, pero también el tres. Cuanto más sumas más ganas —le dice su amigo.

El cocodrilo pierda o gane igual lloraba, no se convencía que ese dado no era su diente.

“Nunca tuve un juguete y este me gusta mucho”, piensa.

Y así, el cocodrilo juega sin tiempo en su cueva y se olvida de visitar al dentista para salir de dudas.

Le tiene  mucho cariño a su dado y lo guarda como una joya, además, le trae buena suerte, con el dado en su boca siempre halla comida y con él juega todo el día.

Encontrando a su amiga abeja le invita a jugar, la abeja le pone la condición de no llorar.

—Si lloras yo sufro, y si yo sufro, sufren mis amigos—, le dice la abeja.

 El cocodrilo igual llora.

Con trampas la abejita hace que el cocodrilo gane, además, le consigue un pañuelo para secar sus lágrimas. Pero de tanto secarse los ojos con el pañuelo, el cocodrilo se vuelve ciego y triste. Ahora no puede ni jugar.

Esta vez el cocodrilo quiere llorar de verdad. Está muy triste.

Entonces la abeja le quita el pañuelo y le recomienda que no deje de llorar.

Ahora baila como cuando hay tormentas.

Así, al cocodrilo se lo ve jugar con su dado, nadie puede convencerle que aquel cubo de hueso no es su diente.

Sus lágrimas molestaban, pero llorando se lo veía feliz.

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