Debate, rechifla y escupitajos

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Las mudanzas obligan a desempolvar recuerdos y descubrir joyas escondidas, entre ellas libros condenados a ser devorados por roedores para convertirse en residuos tóxicos de más de un siglo. Es el caso del clásico texto titulado Lógica parlamentaria de Guillermo Hamilton, filósofo, político y destacado miembro de la Cámara de los Comunes Ingleses.

Para los expertos, este tratado de las artes de oratoria constituiría para el debate plural y la defensa de ideas de un sistema parlamentario lo que El Príncipe de Maquiavelo representa para la monarquía absoluta o para el “príncipe autócrata”, modelo, este ultimo aún vigente.

Pero ¿cuál es el mensaje de las más de 500 proposiciones aplicables a la lógica del debate parlamentario? El autor parte indicando que “distinción, amplificación y reflexión” son el nexo y clave de toda pieza discursiva; insiste que “ante conclusiones diferentes”, resulta “necesario encontrar algún principio común en la que estén de acuerdo”.

Hamilton reconoce que la elocuencia es importante, aunque con orden, juicio, gracia y dignidad para finalmente subrayar que siempre “es preferible la ironía a un ataque directo y odioso al adversario”.

Salvando el estilo de la época, y el perfil de actores de la historia de una de las democracias más sólidas, sus planteamientos resultan imperecederos.  Sin embargo, son disonantes a la hora de contrastarse con los hechos y dinámica discursiva a la que nos acostumbró, a fuego lento y con arrebatos de estridencia, la “revolución democrática y cultural” durante estos últimos 12 años.

Hoy, la Asamblea Legislativa Plurinacional es la antítesis de toda lógica deliberativa democrática, irradiando su perversa dinámica a otros ámbitos de la sociedad.

Lo observado las últimas semanas provoca, para decir lo menos, vergüenza ajena y profundo desencanto. La inconducta es cotidiana condensando su máxima expresión al inaugurarse una nueva legislatura. Bochorno y profundo irrespeto para con la ciudadanía resumen la tormentosa sesión que derivo en la abrogación del Código del Sistema Penal gracias a la acción colectiva y unitaria de una amplia plataforma de ciudadanos, y organizaciones que finalmente constataron la naturaleza autoritaria del régimen y de su persistente intento por violar los derechos y garantías constitucionales por ellos mismos reconocidos.

Durante la sesión aludida, las voces de la oposición intentaron con elocuencia sacudirse de la culpa por no haber hecho lo suficiente para amplificar las advertencias puntuales que algunos opositores hicieron sobre los peligros del mentado Código. Fue una oportunidad  de enrostrar esta singular derrota a los miembros de la aplanadora azul.

Fue curioso, la alta visibilidad del controversial artículo que ampliaba las causales de aborto impune fue la cortina de humo que diluyó en el espacio mediático, lo que más tarde desnudaría la histórica movilización de los médicos y del sector salud en el país.

Degradante resultó que los máximos representantes del oficialismo, lejos de recurrir a la ironía y autocrítica -recomendada por Hamilton- persistieron en acallar la voz de sus adversarios sin que la Presidenta de la Asamblea llame “al orden” para dar fin a tanta irreverencia y rechifla. El corolario fue de antología, al cerrarse la patética jornada con un memorable escupitajo de coca sagrada bien masticada por quien fungiera de responsable de la bancada mayoritaria.

Tan memorable como aquel que el exmagistrado Cusi lanzaría en similar recinto, aunque por razones distintas. Si bien no hay parlamento que se libre de trifulcas episódicas, el lenguaje despectivo y el insulto parecieran ser parte de un reglamento “informal” del debate en tiempos de una mal entendida descolonización.

Es preocupante. Prevalece y se rutiniza, la impotencia de la palabra, el olvido del debate, la ausencia de reflexión y argumentos en el escenario del legislativo. El virus de la polarización extrema se encargó de enterrar la buena política, al extremo de concebir como traición el intercambio de ideas y concertación con tu adversario. El virus afecta a mayorías y minorías por igual.

Su efecto es endémico, tanto como el poder hiperpresidencial encargado de someter y silenciar la voz de un legislativo hoy, como nunca, convertido en el campo de lucha y de “guerra”, que su presidente nato sueña y persiste en instalar.


Erika Brockmann Quiroga  es politóloga y fue parlamentaria.

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