Miguel Sánchez Ostiz / Para Inmediaciones

Un día de niebla cerrada y la noticia mañanera del fallecimiento de Daniel Viglietti, otro de los cantautores de resistencia y de entusiasmo sobre todo, de nuestros veinte años, en dictadura, olvidados luego, pero que volvieron hace nada a ser tan necesarios, cuando los empujones autoritarios y neoliberales se nos echaron encima. No era esto lo que habíamos soñado, construido luego, en precario vemos. Las cosas que están pasando / es cosa de no creerlas, / y eso que estuve esperando / toda mi vida pa’ verlas… pero a la contra. Los nuevos demócratas y nuevos ricos se reían mucho de las canciones de Viglietti, avergonzados tal vez de haberlo escuchado de manera devota. El tiempo era otro, el de la farra de los ochenta, condenada a terminar mal. La poesía del compromiso y el combate ya no era de buen tono, al revés, ya aburría, decían, escribían, elegantes ellos, ya no éramos los mismos, ya no habíamos sido nunca, nada. Llegó la edad de matar al soñador y agarrar la parte del botín que se pudiera: otro patriotismo, otro orden, otra alma, la de la cuenta corriente. De aquellas burlas, estos cienos. Supe de la música de Viglietti en el año 1971, a comienzos, el año en que publiqué mis primeros poemas, en un ático de un barrio periférico de mi ciudad. No sé cómo entramos en relación con los vecinos, unos uruguayos que vivían atemorizados, con muchas precauciones, de manera muy precaria. Se les veía poco. Nos saludábamos de terraza a terraza. Eran refugiados en busca de asilo, querían pasar a Francia. No sé cómo habían ido a parar a  aquella ciudad pequeña y cerrada, clerical y conservadora. Los veo abrirnos la puerta de su apartamento amueblado, un poncho de colores (ella), un viejo pikú de maletita, un poro para cebar los mates de las conversas: dictaduras y revoluciones, poetas, Benedetti (ni idea entonces), Ida Vitale, cantautores, Zitarrosa, Violeta Parra, ciudades, París, Montevideo, Barcelona… Pienso ahora sino serían tupamaros escapados. Un día desaparecieron. Compañera, / Buscándome vendrán aquí, / Mi retrato, una carta, / Algún signo para dar con mi rastro. Fueron ellos quienes me regalaron un disco de Viglietti, el Canto Libre, perdido luego en alguna mudanza, con las Coplas de Juan Panadero, de Rafael Alberti, entonces prohibido en sus versos militantes. No sé qué fue de los uruguayos. Un día vino la policía en su busca. No había nadie, no había nada. Este es uno de esos «Recuerdos durmientes», los de la última novela del premio Nobel Patrick Modiano, que a veces regresan a golpe de titular de prensa en primera plana o en algún rincón de sucesos, y que no sé si ponen orden tu vida o te envejecen, o cuando menos te recuerdan quién fuiste.

 

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