De: Franco Gamboa Rocabado / Para Inmediaciones

Al calor de la efervescencia ideológica de la Revolución Rusa de octubre de 1917, nadie imaginó que las doctrinas marxistas y leninistas fueran a fracasar en algún momento. Todo lo contrario, en algún momento se creyó firmemente en el éxito indiscutible de las tesis de Carlos Marx que, supuestamente, habría descubierto las leyes del desarrollo de la historia, identificando al mismo tiempo las contradicciones más profundas del capitalismo que conducirían a su inevitable desaparición (Hobsbawn, Historia del siglo XX 2010).

Cualquier posición política en contra de la ideología del derrumbe capitalista y la revolución acaudillada por el movimiento obrero era calificada de revisionista, mentira o, simplemente, una traición al socialismo científico. Sin embargo, la Revolución Rusa contradijo por completo las hipótesis sobre el salto violento del capitalismo hacia el socialismo. La Rusia zarista representaba una economía feudal que apenas estaba modernizándose a comienzos del siglo XX. Al estallar la revolución se fundó un régimen dictatorial que, por decreto, obligó a implementar una agenda comunista que quedó muy lejos de las ilusiones de Marx sobre la eliminación de las clases sociales y la feliz llegada de una sociedad verdaderamente libre de cualquier forma de opresión.

En el siglo XXI, la Revolución Rusa dejó de ser un referente para guiar el liderazgo de los partidos de izquierda en América Latina y muchas partes del mundo. Al desaparecer la Unión Soviética en 1991, emergió una profunda decepción histórica con todo lo que significó la construcción del socialismo y las terribles consecuencias de la época de Josep Stalin que terminó por corromper toda posibilidad de llevar a cabo un conjunto de transformaciones legítimas, democráticas o, simplemente, más humanas. El estalinismo persiguió y asesinó a millones de personas, sobre la base de la denominada “purga ideológica y política”. Así, la Revolución Rusa traicionó muy temprano los principios fundamentales del marxismo-leninismo, especialmente aquellos relacionados con la utopía revolucionaria (Benajmín 1998).

Ya en el siglo XXI, el abandono de las utopías sigue expresándose de manera fuerte. Derrumbado el Muro de Berlín en 1989 y desprestigiada la lucha por defender al socialismo en un solo país, convirtió a la Unión Soviética en la máxima expresión de las contradicciones del comunismo. En todo el mundo se abandonó la lucha armada como estrategia para la toma del poder y en aquellos casos donde algunos partidos de orientación ideológica izquierdista accedieron al gobierno, terminaron por excluir cualquier horizonte comunista. En América Latina, el llamado giro a la izquierda en los años 2000, fue únicamente un movimiento hacia el lado antimarxista: el fatal pragmatismo para ganar elecciones, conformar alianzas con sectores, inclusive de la derecha, atraer a un electorado multi-clasista y, silenciosamente, diseñar estrategias que destruirían por completo la vieja confianza en el hundimiento definitivo del capitalismo.

El revisionismo del marxismo fue, simultáneamente, una necesidad para comprender la desaparición de la Unión Soviética y el fracaso del eurocomunismo en 1991, así como el antídoto para reinsertarse en la política. Las posiciones de izquierda marxistas, leninistas, maoístas y obreristas, dieron paso al nacimiento de los operadores políticos: líderes y activistas que dejaron de creer en las utopías de transformación profunda de la realidad social, afirmando más bien que la adaptación a la economía de mercado y el uso de los recursos de poder, si se capturaba el control del Estado, constituían el verdadero triunfo.

Llegar al poder con el fin de aprovechar el aparato público, tener influencia y riqueza, reemplazó a la utopía de la Revolución Rusa que, aparentemente, trató de romper con la enajenación del capitalismo industrial. La izquierda sin utopías, sin el referente del régimen soviético y sin ideología revolucionaria, acabó por perder el control de sí misma y por desaprovechar sus posibilidades de renovación hacia el futuro.

El pragmatismo de la nueva izquierda latinoamericana está tenazmente influido por la constante obsesión para convertirse en una fuerza electoral que invoque, esta vez, al populismo, entendido como un discurso político cuyo propósito es ganar votos a como dé lugar al hacer ver que se defienden los intereses de los más necesitados, pero en función de un uso instrumental y manipulable de la democracia.

Después del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, la izquierda en América Latina desmanteló todos sus movimientos armados y trató de orientarse hacia una dirección que ya no alimentaba el espíritu de transgresión del capitalismo, sino todo lo contrario: pasar por alto la ideología y romper con los sistemas democráticos para permanecer en el poder en caso de conseguirlo. Esto es lo que caracterizó al impulso populista, caudillista y antidemocrático de Hugo Chávez (1954-2013) en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y la persistencia de Raúl y Fidel Castro en la dictadura cubana.

La utopía de izquierda perdió su marco de referencia, en la medida en que las acciones políticas dejaron de identificarse con las convicciones que buscaban superar el orden capitalista, olvidando por completo la imagen del reino de la libertad, como había sido establecido por Marx. La Revolución Rusa, junto con su increíble conversión hacia el establecimiento de la Unión Soviética como potencia durante la Guerra Fría (1945-1991), se convirtió en un paradigma de aquello que puede llegar a ser una ruta de cambios ambiguos, muy costosos en vidas humanas y, finalmente, con resultados poco alentadores.

Este artículo quiere debatir cómo y por qué la Revolución Rusa está completamente agotada como modelo histórico de transformación política y social. La otra cara de la medalla, curiosamente coincidente, es el giro a la izquierda en América Latina que también tuvo resultados decepcionantes, específicamente entre los años 2000-2016, debido a que los regímenes como el de Hugo Chávez alentaron la idea de un socialismo postmoderno que, en el fondo, crucificó las utopías revolucionarias, llevando a cabo tretas jurídicas, intensa propaganda electoralista para plantear la reelección presidencial indefinida y denunciando constantes complots del imperialismo en contra de la izquierda del siglo XXI. La crisis estructural del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela (2013-2017), entraña una reacción violentamente represiva, antidemocrática y con altos costos humanos que desdibuja las proposiciones más atractivas del marxismo, el socialismo y la justicia social.

El mandato de Chávez en Venezuela de 1999 a 2013 mostró claramente cómo se reprodujo una cultura autoritaria que instaló en el poder a una élite militar que nada tenía que ver con el pasado socialista, marxista o revolucionario que dominó la historia desde 1917 hasta la destrucción del comunismo en Europa del Este. La llamada revolución bolivariana de Chávez fue una extraña mezcla de radicalismo discursivo y promesas de un mundo mejor, a partir de una visión de gastos dispendiosos desde el Estado que desembocaron en un chantaje emocional permanente. El giro a la izquierda vendió la idea del fracaso democrático del sistema de partidos tradicionales de orientación liberal y centro-derecha, nutriéndose de los resultados perversos que generaron las políticas de mercado entre 1989 y los años 2000.

Sin embargo, la izquierda de Daniel Ortega con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua, el mismo Partido de los Trabajadores (PT) de Ignacio Lula da Silva en Brasil, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, solamente expresan que la toma del poder no fue capaz de sobrepasar los horizontes del pensamiento tradicional. Difundieron el discurso del socialismo del siglo XXI sin considerar que la transformación de las condiciones existentes, dependían de una reinterpretación utópica de la política revolucionaria y, probablemente, de un esfuerzo por revisar los efectos perversos de la Revolución Rusa.

De esta forma, el hecho de quebrar el orden existente quedó desplazado por el predominio de un conjunto de acciones electoralistas de la nueva izquierda (1991-2016) que ofrecieron implementar políticas sociales dentro de los cánones del capitalismo financiero post-industrial. Reconocieron que el mundo social y político era una realidad cerrada y definitiva sin necesidad de ninguna utopía. Las ideologías marxistas e izquierdistas se contentaron con conocimientos y propuestas asistencialistas, en gran medida dirigidas hacia el pasado: viejas posiciones progresistas identificadas con los pobres (Jocelyn-Holt 2014). Hoy día, se valora únicamente la lucha electoral, explicando que es posible combinar las políticas de ayuda a los necesitados, junto con políticas económicas de corte liberal al interior del capitalismo globalizado.

Alcanzar el poder, mantenerlo a toda costa y no estar convencida plenamente de la consolidación de la democracia, en el siglo XXI condujo a la izquierda hacia una parálisis, una conducta vertical, intolerante, autoritaria en la toma de decisiones y proclive al olvido de un elemento esencial de la ideología de la Revolución Rusa de 1917: pensar en aquello que todavía no ha llegado a ser por medio de una utopía política que visualice los elementos de futuro auténtico. Una clase de conciencia transformadora que dé cuenta de lo todavía no consciente, de aquello que anticipe una nueva sociedad donde impere el reino de la libertad sin dominación.

Hoy, la izquierda privilegia a los operadores políticos con la capacidad para alcanzar resultados inmediatistas. Se alimentaron pugnas entre facciones con el fin de hacer plenamente justificable cualquier alianza como parte del realismo político: maniobrar en el terreno que fuere, acrecentar el poder de dichos operadores e imponer intereses sectarios a cualquier precio. Esto es lo que desprestigió al PT en Brasil con el escándalo de corrupción en Petrobras que alcanzó proporciones ciclópeas, involucrando a dirigentes de izquierda y derecha.

En varias ocasiones, los operadores políticos fueron saludados como el baluarte más importante. Para ellos, el realismo político estaba antes que cualquier acción racional dirigida hacia la toma de decisiones sobre bases técnicas, estudiadas y a partir de una ideología coherente. Por lo tanto, la traición de principios, el complot y la apostasía se incorporaron como instrumentos normales en la agenda del fin justifica los medios. Son los operadores quienes pretenden eternizar la entronización en el poder los caudillos de izquierda, negándose a cualquier actitud democrática y anteponiendo la manipulación sobre el diálogo o la aceptación tolerante del contrincante. Esta tendencia ya se vio en la Revolución Rusa, donde la intensa violencia, el dogmatismo y la intolerancia absolutista, elevó a la acción política hacia el escenario de la toma del poder, despreciándose cualquier posibilidad de utopías humanitarias y formas de cambio democrático.

El giro a la izquierda nunca se preocupó por impulsar una nueva generación de dirigentes demócratas. Para los operadores políticos no es necesario articular un programa serio acercándose a diferentes grupos de la oposición y a sectores intelectuales importantes. En la gestión legislativa, las fuerzas de izquierda tampoco plantearon agendas ambiciosas y sus gestiones para conseguir financiamiento internacional, dirigidas a muchos programas gubernamentales, son un constante fracaso.

La izquierda marxista nunca logró vencer el escepticismo que las clases medias, los intelectuales demócratas y los científicos tienen sobre la inoperancia gubernamental y las incoherencias de una izquierda que tiende a desechar la racionalidad en la administración del Estado y su imprescindible reforma. Los operadores jamás reconocieron los estímulos transformadores de las utopías políticas, por ser identificadas con ilusiones nada realistas. En este ámbito, la Revolución Rusa alentó el régimen de los soviets para quienes era posible descartar el dinero, anular el mercado, planificar la economía y consolidar otro tipo de modelo industrial de desarrollo. Sin embargo, todo fue unadesilusión.La economía soviética siempre fue ineficiente, hasta desaparecer como alternativa viable para alcanzar el progreso.

¡Así no más son las cosas!, reclaman los operadores de izquierda, muy lejos de la Revolución Rusa y de los albores de la Unión Soviética. Lo cierto es que aquéllos jamás estarán dispuestos a sacrificar sus privilegios y porciones de poder, en beneficio de un nuevo trabajo ideológico y utopista. Tal vez estas limitaciones son las que no pueden lograr que la izquierda pueda seguir comprometiéndose con proyectos colectivos que demanden ceder espacios para reconocer los aportes democráticos de todo tipo de adversarios.

Los actuales operadores políticos de izquierda siempre estarán diseminando la estrategia de tensión: intrigas, amenazas, prebendalismo, odios personales y enajenación de las utopías. La práctica política en una sociedad democrática reclama sensatez y una nueva moral, antes que el pragmatismo ciego esparcido por los traidores de principios que terminaron aplastando la ingenua confianza en el giro a la izquierda del siglo XXI. Por estos motivos, la Revolución Rusa constituye un claro ejemplo de aquella imposibilidad de convertir la teoría marxista en una escatología política o en profecías de auto-cumplimiento inevitable para destruir el capitalismo. La teoría falló; no pudo adivinar el futuro y tropezó con supuestos ideológicos que, de manera temprana, empezaron a estropearse en octubre de 1917.

Los caminos de la modernidad: la Revolución Rusa en perspectiva comparada

Las fuerzas de izquierda ya no pueden seguir impulsando las creencias revolucionarias porque éstas quedaron atrapadas en el descrédito y las decepciones de la historia. Después de un siglo de la Revolución Rusa y veintiochoaños desde la caída del Muro de Berlín (1989-2017), estos eventos históricos aún marcan nuestra comprensión de lo que en algún momento fue la política revolucionaria y algunos sentidos de la misma globalización en el siglo XXI.

¿Qué efectos genera una revolución y cómo se gesta? Sin lugar a la especulación, sino más bien analizando con cuidado las grandes revoluciones épicas como la francesa (1789), rusa (1917), inglesa del siglo XVII, o la guerra civil en Estados Unidos (1861), el célebre sociólogo estadounidense Barrington Moore Jr., nos permite refrescar nuestra comprensión de la actualidad cuando observa que no es posible hablar de grandes transformaciones sin “grandes traumas políticos”(Moore 1967).

El costo humano de toda revolución es cuantioso, aunque se supone que los beneficios posteriores compensan cualquier horror. Pero esto no es así, puesto que la Revolución Rusa trajo violencia, persecución sistemática y un rápido giro cuando Stalin tomó el poder. Es sorprendentemente famosa su afirmación durante al periodo de la “purga”, porque para él una muerte era claramente trágica a los ojos de las masas ingenuas y el pueblo doliente. Sin embargo, 20 millones de muertos son únicamente estadísticas. Toda la violencia, los campos de concentración y el Gulag soviético es lo que socavó la revolución casi desde un comienzo(Arendt 2003).

Asimismo, los caminos abiertos por las revoluciones históricas en Europa para el surgimiento del capitalismo, o un proceso de modernización acelerado como aquel surgido en Rusia a partir de 1917, están totalmente cerrados. En su libro Los orígenes sociales de la dictadura y de la democracia: el señor y el campesino en la formación del mundo moderno, Moore afirma que la instauración del progreso moderno (el verdadero objetivo de las revoluciones) viene con un alto y terrible costo humano.Todavía hoy es de vital importancia comprender y explicar tres caminos de ingreso a la modernidad: a) por medio de la democracia liberal; b) a través del fascismo; y c) por la vía del comunismo. El costo de la modernidad, no necesariamente viene con una democracia tranquila y pacífica, sino con demasiada violencia y la desaparición de grandes segmentos campesinos que fueron sometidos por las “clases altas”, como lo sucedido en los Estados Unidos, por ejemplo, durante la guerra civil entre 1861 y 1865.

Durante las transiciones hacia la modernidad y los cambios sociales o económicos, la pregunta sobre los alcances de una revolución debe girar en torno a: ¿quiénes aguantan el peso de las reformas revolucionarias y quiénes pagan un precio más alto que otros? En los procesos revolucionarios, Moore muestra que hay siempre una brecha entre la promesa revolucionaria y el posterior desempeño inhumano. Lo que se ofrece como una gloriosa transformación, normalmente termina en una tenebrosa realidad que posiciona a nuevas élites en el poder y genera mutaciones económicas, siempre y cuando el costo humano también muestre enormes sacrificios que no siempre mejora la condición de los más pobres, sino todo lo contrario. Esto también caracteriza a la Revolución Rusa porque una vez que los bolcheviques asumen el poder en 1917, se toma la decisión de prolongar la guerra civil, no solamente para erradicar el zarismo, sino también para domesticar al pueblo, en función de un nuevo modelo político: la dictadura del proletariado.

Los procesos de transición de un tipo de sociedad agraria y campesina hacia la moderna e industrial, llevan patrones políticos que no tienen una explicación lineal y determinista para comprender la democracia parlamentaria y los orígenes del fascismo y la dictadura. En las diferentes fases de la revolución inglesa (1642 a 1645 o las guerras civiles de 1648 a 1651), el factor central es la relación complementaria entre una excesiva violencia y la instauración de reformas pacíficas durante el paso del mundo tradicional al mundo moderno, o de las sociedades agrarias hacia la nueva estructura industrial.

Luego de la guerra civil inglesa del siglo XVII, el parlamento curiosamente se erigió como una institución flexible, en el cual se podían concentrar las demandas sociales para la solución pacífica de cualquier conflicto de intereses, sobre aquellos fuertemente influenciados por intereses comerciales.

En el caso de la revolución francesa de 1789, la nobleza no se debilitó inmediatamente a favor de una nueva clase de propietarios terratenientes que fortalecieran el comercio, sino que se alimentó a expensas de lo que podía extraer de la gran masa de campesinos pobres. La nobleza francesa no pudo adaptarse a las condiciones de la crisis económica y el retorno de la centralidad estatal (el absolutismo), tampoco constituyó una alternativa de control porque grandes porciones del área rural estaban en las manos del campesinado.

Fue la terrible división del trabajo, nacida después de la revolución francesa, lo que motivó una discriminación secante entre la aristocracia y el campesinado. Los costos de la modernización fueron tan grandes y atroces como aquellos que se desgajan de los procesos revolucionarios en sí mismos, y tal vez mucho más según Moore.

Los revolucionarios y reaccionarios (contrarios a la revolución), representan, por lo tanto, dos caras de la misma moneda: una dinámica del poder que se orienta algunas veces hacia la transformación, planteando los ideales de una sociedad mejor, o por medio del empuje histórico de procesos de modernización que cambian las estructuras de un tipo de sociedad tradicional para abrir las puertas del capitalismo industrial.

Ambos procesos de administración y pugnas por el poder implican un costo humano elevado. El liberalismo occidental y los deseos de una sociedad comunista (especialmente en su versión soviética luego de la revolución bolchevique de 1917), constituyen ideologías obsoletas hoy en día, pero fueron doctrinas exitosas que se convirtieron en la justificación que escondió diferentes formas de represión.

El imaginario principal de Vladimir Lenin en la Revolución Rusa, suponía que las estructuras pre-capitalistas y feudales del zarismo, no eran ningún obstáculo para impulsar el modelo marxista. Aunque el modo de producción capitalista no se había implantado, el Partido Comunista era la única garantía de transformación, primero porque introduciría la conciencia obrera desde afuera, de forma vertical e impositiva, y segundo porque la dictadura del proletariado obligaría a acelerar la construcción de un modelo de industrialización por la fuerza. Stalin llevó hasta el extremo esta visión, transformando la revolución en un nuevo tipo de totalitarismo.

Así están presentes fuertes tendencias destructivas: por un lado, en el modelo comunista la represión es ejercida en contra de su propia población desde la dictadura de una oligarquía partidaria como la ejercida por el Partido Comunista; mientras que por otro lado existe el modelo liberal de sociedad, identificado también con la violencia de los regímenes fascistas de la Italia de Benito Mussolini o la Alemania de Adolfo Hitler. La represión liberal se manifiesta también “hacia afuera, hacia otros” por medio de las relaciones internacionales imperialistas.

Las fronteras entre la dictadura y la democracia son movibles porque fácilmente se puede pasar de una hacia otra. El despotismo y la dictadura pueden ser también tendencias latentes y manifiestas en los procesos que se consideran “lineales y graduales” hacia la democracia. Toda revolución impone el orden del terror y muestra con crudeza los altos costos del sueño por una sociedad mejor. Asimismo, las ambigüedades de la democracia como un proceso pacífico, pueden desmoronarse fácilmente hasta caer en el oprobio dictatorial. Las contradicciones caracterizan al manejo del poder y, en consecuencia, la tergiversación es el núcleo de toda oferta utópica que es defendida durante una revolución.

La utopía revolucionaria de octubre 1917 perseguía, primero, la derrota del régimen zarista, debido al estancamiento económico, sumado a la represión constante que se resistía a encontrar soluciones democráticas. En segundo lugar, las movilizaciones sociales fueron hábilmente canalizadas por el partido bolchevique que, con Lenin a la cabeza, optaron por agudizar la guerra civil hasta asesinar al conjunto de la familia real del Zar Nicolás II de Rusia.

En su influyente ensayo El Estado y la revolución, Lenin creyó que el marxismo no solamente iba a plasmarse en sus profecías para alcanzar el comunismo, sino que pensó también en un Estado que debía extinguirse como necesidad histórica(Lenin 1997). Sin embargo, Stalin y sus colaboradores convirtieron al Estado en un órgano tan represivo y en una máquina programada tan absolutista para imponer el totalitarismo, que las perspectivas marxistas terminaron en convertirse solamente en un ideario intelectual sin conexión alguna con las utopías transformadoras que iban a establecer el reino de la libertad.

Sucedió lo contrario al imponerse la dictadura del proletariado como un proceso que fue ahondado hasta instituir una organización social en la que no existía la propiedad privada, ni la diferencia de clases, y en la que los medios de producción pasaban a manos del Estado, quieniba a distribuir todo tipo de bienes de manera equitativa y según las necesidades. El Partido Comunista de la Unión Soviética debía ser el único activo para anular el mercado y destruir el capitalismo en el mundo hasta conseguir el ingreso al comunismo. Dictadura y revolución se dieron la mano para cerrar cualquier otra alternativa.

Otra perspectiva fundamental proviene de Theda Skocpol, profesora de Harvard, quien estudió las revoluciones en Francia, Rusia y China a partir de luces y perspectivas nuevas. Por ejemplo,¿por qué los impulsos revolucionarios en situaciones de crisis estatal y movilización campesina desembocan en determinados resultados particulares de la lucha de clases dentro de ciertos países? ¿Cuáles son las construcciones estatales, qué tipo de liderazgos revolucionarios aparecen y cuál es la interrelación entre la dinámica interna y las influencias internacionales?(Skocpol 1978).

El objetivo de Skocpol en su libro States and social revolutions. A comparative analysis of France, Russia, and China, fue presentar un patrón social-revolucionario que explicara los grandes modelos de revolución en la modernidad. Este propósito es cumplido con un éxito impresionante, sobre todo por la erudición en el manejo de fuentes bibliográficas y la visión cosmopolita que interpreta los hechos históricos. Skocpol encuentra similitudes entre las revoluciones francesa y china donde los terratenientes se rebelaron en contra de las monarquías, involucrando, además, revueltas campesinas que terminaron construyendo regímenes con un nuevo Estado centralizado y burocrático. Sin embargo, ni el absolutismo francés ni los orígenes de una burocracia autoritaria en la China de 1911 abrieron el paso a una modernidad más benigna o pacífica, sino que sembraron mayores confrontaciones y presiones del ámbito internacional para transformar radicalmente las estructuras sociales de ambos países.

Al mismo tiempo, es importante evaluar y criticar los enfoques teóricos que intentan explicar las revoluciones. Por ejemplo, aquellos análisis donde las protestas políticas y los procesos de cambio social, solamente deberían haber ocurrido en las sociedades liberal-democráticas o capitalistas. Esto no es así ya que las sociedades agrarias como Rusia y China presentan una clara prueba del nacimiento de revoluciones con estructuras pre-capitalistas, junto a una movilización de masas que representaban las bases sociales del partido comunista único. Marginando las posibilidades de fundar una democracia, la Revolución Rusa dejó una huella indeleble en la transición del feudalismo hacia la modernización industrial (1917-1945) y, posteriormente, hacia el genocidio (1919-1938) para desembocar a una crisis estructural del modelo durante la desaparición de la Unión Soviética en el periodo 1985-1991.

Por otra parte, tampoco son completas las visiones marxistas más radicales donde la revolución es un típico movimiento de reformas sociales ligado a la vanguardia de la burguesía o el proletariado. Según Skocpol, ambos perfiles explicativos no responden a las causas y los “resultados efectivamente logrados” por las revoluciones en las sociedades predominantemente agrarias, caracterizadas por gobiernos absolutistas y monárquicos con grandes bases campesinas. El perfil metodológico escogido es la sociología histórica comparada que utiliza fuentes secundarias, no para descubrir nuevos datos sobre los hechos estudiados, sino para dibujar una explicación que muestre “regularidades causales” a lo largo de tres casos históricos.

El ingreso a la modernidad de las sociedades que sufrieron las cargas de la revolución, muestra patrones de largo alcance cuya dinámica política y económica está determinada por la combinación de dos coincidencias: primero, la coincidencia entre el cambio social estructural y un levantamiento de clases; segundo, la coincidencia entre transformación política y transformación social. Por lo tanto, la modernidad se asume como la médula de cambios revolucionarios con un ropaje ideológico capitalista o socialista. El resultado tiende a ser el mismo: violencia, coerción y modernidad, entendida como la llegada de una sociedad industrializada que destruye completamente al mundo rural agrario campesino.

En contraste, las “rebeliones o levantamientos”, a pesar de involucrar clases sociales subordinadas, normalmente no terminan en la implantación de cambios estructurales, ni son capaces de mirar hacia la modernidad en el largo plazo. Una “revolución política” puede cambiar las estructuras del Estado, pero no necesariamente las estructuras sociales, mientras que lo realmente único en las “revoluciones sociales” es que los cambios básicos en las estructuras sociales y políticas ocurren simultáneamente, reforzándose de manera mutua para terminar en una modernidad plena. Esto sucede en medio de conflictos socio-políticos y donde la lucha de clases juega un papel central. Skocpol utiliza de manera magistral el aparato teórico marxista sin ortodoxias y combina los conceptos de lucha de clases, relaciones sociales de producción y contradicciones de clase al interior del Estado, junto con una interpretación personal abierta a las visiones totalizadoras.

El propósito epistemológico es comprender a las revoluciones que generan modernidad como un “todo” que debe ser explicado en su entera complejidad. Las revoluciones provienen de contextos históricos y macro-estructurales, pero involucrando un cambio en las relaciones de clase. Al escoger los tres casos paradigmáticos de revolución, Skocpol afirma de manera contundente que su argumentación no podría ser generalizada más allá de la historia particular de Francia, China y Rusia. Las teorías vigentes sobre las revoluciones, pueden agruparse en: marxista, donde el modo de producción es el concepto central.La revolución surge en el momento de una contradicción y ruptura irreversible entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción que corresponden históricamente a un determinado modo de producción. La lucha de clases y la conciencia de clase revolucionaria llevarían la dinámica del conflicto al nacimiento de un nuevo modo de producción.

Un segundo marco de análisis son las teorías psicológicas que explican las revoluciones por medio de las motivaciones psicológicas que la gente encuentra para comprometerse con la violencia política o los movimientos contestatarios. El tercer modelo de análisis sería la teoría de una ruptura en el consenso de valores dentro del sistema social, lo cual da lugar a un conflicto político.

El profundo análisis histórico que Skocpol realiza de los procesos revolucionarios, hace hincapié en cómo la estructura rural y agraria de Francia y China mostraba una vasta población campesina pobre, sometida a la exacción impositiva de los propietarios comerciales, la clase alta terrateniente y la nobleza (vinculada a la monarquía francesa en un caso, o a la tradición imperial china en otro). Las contradicciones de clase surgieron cuando las crisis económicas se ligaron, tanto a las influencias internacionales que exigían una adaptación más intensa al capitalismo mundial, como a otra crisis política de legitimidad donde la estructura estatal quedaba fuera de control, es decir, sin que el rey o el emperador puedan tomar decisiones funcionales, ni controlar al ejército para reprimir a los múltiples focos de sublevación que terminaron destruyendo violentamente al conjunto del orden político y social.

La Revolución en Rusia tuvo similares características con la diferencia de que la nobleza propietaria de tierras y siervos, estuvo fuertemente sometida a las autoridades monárquicas del régimen zarista, sin gozar de autonomía para conformar una clase dominante capaz de desafiar el orden político en una situación de crisis y actuar según sus intereses. Además, los intentos de modernización desde arriba que inició Pedro el Grande, curiosamente una gran novedad para occidentalizar y liderar cambios en Eurasia, no significaron una ventaja para evitar la explosión revolucionaria de campesinos pobres.

Los procesos de modernidad industrializada impuestos desde el Estado a finales del siglo XIX no dieron los resultados esperados pues Rusia permaneció siendo un país retrasado económicamente, militarmente y desde el punto de vista del liderazgo, en relación con Estados Unidos, Alemania imperial e Inglaterra. La industrialización solamente reforzó el absolutismo estatal que fue incapaz de sostener su legitimidad política cuando la violencia estalló desde las bases sociales de millones de campesinos pobres.

Los conflictos de clase, según Skocpol, expresan una gran estratificación y fragmentación de la propiedad rural, junto con bolsones de comercio muy localizado en ciertas áreas prósperas pero que se convertían en obstáculos estructurales y progresivos, evitando el cambio económico y determinando por último la ruptura del equilibrio entre las fuerzas productivas (condiciones materiales de la estructura económica en Francia, China y Rusia) y las relaciones sociales (la lucha de clases que constituye el factor revolucionario).

Algunos paralelismos entre las revoluciones francesa y china señalan un enfrentamiento irreconciliable entre los gobiernos autocráticos y las clases dominantes que poseían cierto control territorial, económico, político y militar que aniquiló los intentos de reforma autocrática desde arriba, instalando la resistencia descentralizada en varios escenarios locales o promoviendo otro tipo de arreglos político-institucionales que hacían insostenible la vieja estructura, denominada proto-burocracias autocráticas.

¿Cuáles son los “resultados de la revolución” después de ser destruidas las viejas estructuras sociales y estatales? En realidad, las visiones marxistas románticas sobre la desaparición del Estado o la instauración de una libertad plena e inédita, rápidamente desaparecieron para converger en el retorno de Estados más autoritarios que recurrían a la violencia una vez más, hasta reconstruir una nueva red institucional de orden político post-revolucionario(Collier y Levitsky 1997). Aquí, la combinación entre la revolución y la modernidad transmite un mensaje realista y simultáneamente escéptico sobre la profundidad de las transformaciones estructurales porque toda revolución –por lo menos en los casos de Francia, Inglaterra, Estados Unidos, China y Rusia– edifica una nueva época reproduciendo un sistema de dominación que la situación revolucionaria se empeñaba en desbaratar. Ni plena libertad con democracia, ni el fin del Estado y de la lucha de clases son los efectos claros de la modernidad revolucionaria o industrial.

La resistencia a la modernidad sin revoluciones

En la vida cotidiana de los campesinos pobres o las clases medias que no tienen otra alternativa que vivir dentro y para la modernidad, simbólicamente hay posibilidades para resistir las formas de opresión política. En este caso, el concepto de “resistencia” está unido a las acciones colectivas organizadas, guiadas por principios y sin conductas oportunistas ni egoístas; pero probablemente no tiene consecuencias revolucionarias. La única luz al final del túnel es una resistencia que niega, en lugar de aceptar, las bases de la dominación y la modernidad.

Uno de los instrumentos de la resistencia hoy día puede ser la “conciencia” que los individuos tienen de sus actos, lo cual se expresa mediante símbolos, formas ideológicas como valores y propósitos que la gente se plantea en la vida diaria porque representan los factores de análisis para comprender el conflicto de significados y valores que surgen en el mundo de los seres simples que habitan en la modernidad (las grandes masas urbanas en las metrópolis centrales). Las acciones de resistencia y los pensamientos sobre dicha resistencia se encuentran en permanente diálogo.

La experiencia directa que vive la resistencia con conciencia, es un conjunto de condiciones históricas y materiales ya dadas. Este es el potencial de cambio que debe ser dilucidado y mostrado por la investigación y la acción política. Hay que hacer patente la conciencia de las relaciones de dominación, la dialéctica de quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores. El lenguaje, por ejemplo, está asociado con la explotación pues en él la verdad es distorsionada para servir a los intereses de la modernidad dominante.

A pesar de la desigual distribución de recursos entre los poseedores y los desposeídos, el conformismo con la estructura social debe ser “calculado” en la vida diaria de aquellos que resisten y continúan reflexionando sobre su situación. Si bien el camino de las revoluciones está cerrado, se abre el sendero del escepticismo y una sutil resistencia material debajo de las supuestas aguas tranquilas de la paz y la estructura formal de la modernidad de consumo contemporánea.

La cultura, la ideología y la capacidad de generar conocimiento, deben ser entendidas como productos del conflicto y no como algo dado y preexistente. Los valores dominantes son reinterpretados constantemente en la vida diaria de la resistencia que también actúan para defender sus intereses por medio del sabotaje al consumo, la huelga de brazos caídos, la crítica de la cultura moderna, e inclusive los chismes maliciosos que se burlan de los más poderosos.

La dinámica específica de las relaciones de dominación y el material simbólico que proviene de ellas, puede ser completamente recreado y, sobre todo, manipulable. Los resultados de la modernidad y las revoluciones históricas construyeron nuevas relaciones de poder y estructuras de clase; hoy día es imposible superar las condiciones materiales de desigualdad, pero, simultáneamente, la modernidad nos otorga diferentes alternativas de resistencia que cuestionan la hegemonía de las clases dominantes impugnando, en la vida diaria, la legitimidad del poder(Hobsbawn, La era de la revolución, 1789-1848 2009).

La conciencia cotidiana de resistencia y el cuestionamiento de las hegemonías de clase en el mundo moderno, lamentablemente también tiene una lógica dual donde lo “inevitable” se combina con el “pragmatismo” para convertir a la subordinación en algo vivible y psicológicamente aceptable. Las rutas de la revolución se cerraron con los ejemplos históricos mostrados por Theda Skocpol y Barrington Moore pero los Estados fallidos y la constante desigualdad en el mundo, sumada a la crisis medioambiental que trajo el modelo industrial, son una prueba fehaciente de que la modernidad nunca estuvo preparada para aplicar su modo de vida sofisticado a las situaciones de anomia política y crisis violentas en democracia, que afectan también al orden político de los países más poderosos como Estados Unidos y aquellos de Europa occidental(Moore Jr. 1987).

Conclusiones: la realidad más allá de la izquierda y la derecha

A un siglo después de la Revolución Rusa y a veintiochoaños de la caída del Muro de Berlín (1989-2017), también podemos observar que las principales diferencias históricas entre la izquierda y la derecha, tienden a estar casi completamente disueltas. Especialmente porque algunos patrones de comportamiento difundidos por la democracia como cultura política, consiguieron compatibilizar diversas ópticas, de manera que aquello defendido por la izquierda como equidad y justicia social, también terminó por articularse con lo que la derecha identificó en términos de progresismo: respeto de todos los derechos en la Constitución y el reconocimiento de la participación de diferentes clases sociales, grupos étnicos, e incluso la lucha de las mujeres para erradicar el patriarcado.

Las viejas polarizaciones dejaron de ser violentas e irreconciliables porque los sistemas democráticos sugieren que el posicionamiento izquierda-derecha juega un papel tolerante muy significativo, pues permite el reconocimiento y la legitimación del desacuerdo político, pero sin la pugna de modelos utópicos de sociedad y economía. Actualmente pervive una identificación ideológica cuyo objetivo es delimitar algunas aspiraciones y principios, sustentados en la necesidad de aportar visiones de mundo siempre diferentes. Sin embargo, también ha ido desapareciendo todo debate respecto a cómo pensar un proyecto revolucionario.

La crítica en contra de la propiedad privada como el origen de cualquier desigualdad y forma de explotación, también fue relativizándose o ablandándose para convencer a los revolucionarios de izquierda que inclusive los obreros y campesinos podían convertirse en pequeños propietarios con derechos de ciudadanía, abiertos al goce del acceso al crédito y a los beneficios de algún tipo de patrimonio para combatir la pobreza, al mismo tiempo que es posible impulsar el crecimiento económico afincado en el camino hacia la propiedad para las grandes mayorías.

En los procesos electorales, tanto izquierda como derecha asumieron, por igual, todas las demandas que provienen de los sectores privilegiados o de las élites, comprendiendo la necesidad de combinar las demandas de la clase obrera, con la de los jóvenes, las mujeres, las comunidades indígenas, etc. Cada uno de los votos vale para llegar el poder o tener algún tipo de representación parlamentaria. Esto es una norma evidente para cualquier partido o ideología en elecciones democráticas.

La posibilidad de tomar el poder no es, en el fondo, una ruta custodiada por las fuerzas revolucionarias como si fueran ellas quienes representan la única legitimidad. En realidad, la legitimidad de la izquierda y la derecha en el siglo XXI está sujeta a la capacidad de interpelar e identificarse con la “universalidad” de las demandas sociales, económicas, políticas y culturales. La predestinación mesiánica del proletariado, que fue venerado en octubre de 1917 como el insuperable sujeto revolucionario que reemplazaría a la burguesía y liberaría a la humanidad, hoy es una concepción totalmente vetusta porque son ahora los intereses y la articulación de múltiples demandas democráticas, las que definen la lucha política. Esta lógica para representar a una universalidad de demandas deshace las diferencias entre izquierda y derecha.

En la búsqueda del crecimiento económico, izquierda y derecha también se inclinan por borrar sus diferencias. Nadie reivindica el sometimiento a una clase social superior: el proletariado como sujeto histórico transformador, o el empresariado como creador de empleos y dinamizador excepcional de la economía. Los acontecimientos económicos requieren, tanto de la regulación de los mercados por medio de un Estado con fuerte autoridad, como de una apertura en las políticas comerciales hacia las estructuras insaturadas por la globalización. Los sectores sociales empobrecidos podrían sentirse atraídos por los valores del socialismo como una promesa de sociedad más justa, pero mientras asegure la prosperidad material en términos de una economía productiva. El socialismo dejó de ser una convicción donde la historia estaba condenada a que el capitalismo desaparezca en medio de un destino catastrófico.

Un tipo de socialismo sin el catastrofismo de la Guerra Fría y la lucha armada, puede también integrarse con la esperanza de una sociedad democrática que afirme plenas libertades y el funcionamiento de un Estado protector de derechos. La libertad de elegir democráticamente qué gobierno será mejor, se une al deseo de tener un orden social que provoque respeto por las leyes y obtenga una emancipación, no de la explotación de clase, sino una emancipación libre de pobreza y sin abusos por parte de las élites más poderosas y los grupos privilegiados.

Los valores de un régimen democrático que incorporó algunos fundamentos del socialismo, atesoran la libertad, igualdad, comunidad, fraternidad, justicia social y una sociedad sin discriminación de clases. Pero no es posible rechazar la prosperidad del crecimiento económico ligado al capitalismo, porque una parte del bienestar material se conecta con la búsqueda de una sociedad justa que exija democracia para todos. Izquierda y derecha deben, necesariamente, enfrentar y proponer políticas para una útil y efectiva distribución de la riqueza.

La izquierda, de cualquier manera, dejó de proponer diferentes formas absolutistas de “pensar utópico”. Las utopías, no como una misión militar, sino como imágenes de un mundo más magnánimo, sirven de mucho para impedir que toda democracia caiga en una deshumanización. Las críticas de izquierda evitan que las convicciones democráticas sean reducidas a estimular solamente la participación electoral mediante el voto, oponiéndose así al progresismo como horizonte instrumental de estabilidad y satisfacción con beneficios materialistas. Democracia, izquierda y toda lucha por resguardar los derechos humanos, aceptan la idea del socialismo, pero meditando en cómo lograr una nueva sociedad que limite drásticamente las formas de dominación violenta.

En el siglo XX, el socialismo radicalizaba su posición al creer que la dictadura del proletariado era la razón de ser de un Estado autoritario. El radicalismo, a su vez, amplió sus pretensiones políticas con las propuestas de lucha armada para destruir a la sociedad burguesa occidental. El problema radicaba en la ausencia de una propuesta económica alternativa a la del capitalismo industrial avanzado. Las concepciones sobre la revolución armada, carecen de un planteamiento de reconstrucción del orden político y económico para evitar el caos y, por lo tanto, para preservar lo que significa el desarrollo: políticas públicas para llevar adelante la salud, educación, empleo, protección del medio ambiente, vivienda, comercio internacional, etc.

La imagen del socialismo logró sobrevivir como una especie de contrapeso al incremento de la desigualdad y las injusticias económicas que traen las políticas de mercado. Es decir, en el siglo XXI todavía se podrían generar procesos revolucionarios, ya no para la destrucción completa del viejo orden capitalista, sino para fomentar un socialismo donde el Estado utilice políticas públicas de protección social para los grupos más vulnerables, fomentando la educación socialista que propugne la eliminación de todo tipo de desigualdades, en la medida en que éstas generan una sociedad antidemocrática. De aquí proviene la gran influencia de los regímenes democráticos que substituyeron a los métodos violentos de revolución, presentando otros planteamientos que incorporaron algunos valores socialistas, pero dentro del fortalecimiento de los derechos ciudadanos y el reconocimiento de una economía productiva de corte capitalista-competitivo.

La concepción comunista que imperó en la desaparecida Unión Soviética desde octubre de 1917, se enclaustró dentro de una economía autogestionaria y estuvo distorsionada por la ideología que no le permitió generar competitividad, exportar bienes y otorgar buenos servicios públicos. En una economía planificada y centralizada, el Estado perdió la batalla al no mantener la productividad ni la capacidad para generar nuevos espacios de producción donde los obreros tengan claros beneficios de una vida mejor. Los experimentos comunistas ligados a la ideología de izquierda, impulsaron un tipo de igualitarismo social con carácter obligatorio y terminaron devorando las estructuras del ideal socialista con la quiebra económica. Al no brindar un modelo alternativo de productividad y economía, sucumbieron. Entretanto, los procesos de democratización retoman los objetivos del crecimiento económico, instando a la izquierda y la derecha a disipar sus diferencias con el fin de adaptarse al mercado mundial.

El viejo radicalismo comunista de alto contenido dogmático, entendió que la fase última del capitalismo terminaría en la hecatombe de sus procesos productivos y de todo el sistema financiero. La ideología de izquierda en el siglo XXI abandonó toda tesis sustentada en criterios apocalípticos porque el capitalismo, para desventura de las concepciones radicales, no se detuvo, sino que evolucionó y se transformó constantemente. Hoy en día, las estructuras financieras coadyuvan en la creación de utilidades económicas, junto a la expansión de grandes empresas multinacionales que, a su vez, son un componente fundamental en la balanza comercial de muchos países ricos y pobres. La izquierda se ha contentado con proteger un Estado de Bienestar que brinde servicios públicos baratos y posea la capacidad para inducir algunas políticas de control que constituyen una especie de analgésico en el termómetro de la regulación de los mercados internos.

Ante esta situación, la esperanza del socialismo también se transformó y reorientó sus esfuerzos hacia el juego de la democracia burguesa como método electoral para llegar al gobierno. De esta forma, la democracia liberal está reconocida como régimen político en casi todos los textos constitucionales del mundo. En América Latina, por la influencia del enciclopedismo o racionalismo de la revolución americana y francesa, impregnó los modos de gobernar y las estructuras institucionales que también son de inspiración liberal hasta nuestros días, posibilitando un tipo de comunicación entre el socialismo y la democracia.  Los conservadores, liberales, derechistas e izquierdistas, en definitiva, llevaron adelante un sistema político multipartidista que la misma democracia permitió corregir como instrumento, dejando de lado la lucha armada, cuyo fracaso es autocríticamente asumido por varias posturas socialistas, progresistas y nacionalistas.

Las ideas socialistas también se han transformado como consecuencia de los problemas medioambientales, el cambio climático y nuevos conflictos internacionales de carácter étnico, religioso y otras formas del terrorismo que dejaron atrás la interpretación de la historia en términos únicamente de la lucha de clases(Hobsbawn, Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011 2011). Asimismo, la derecha aprendió que el liberalismo político está fuertemente atado a un tipo de ciudadano con un alto sentido de responsabilidad, donde la regulación de los mercados no es el único objetivo para la democracia, sino el robustecimiento de un control moral que proteja a los más débiles dentro del sistema social, económico y político.

El mundo tiene una explosión de identidades políticas luego de la caía del Muro de Berlín. La desaparición del socialismo en Europa del Este y la destrucción de la Unión Soviética, no solamente expresan las formas en que la historia aplasta cualquier ilusión política, sino que la democracia y los derechos de participación, siguen siendo el mejor sucedáneo para cualquier fundamentalismo o la búsqueda del perfeccionismo obligatorio en la sociedad y en el manejo del poder.

En el siglo XXI, las posiciones de izquierda y derecha conviven junto a la economía capitalista, el potencial democrático de los movimientos sociales y el hecho de abandonar los radicalismos utopistas. Ricos y pobres buscan el mejoramiento de sus condiciones de vida, al mismo tiempo que los gobiernos democráticos, prácticamente obligan a la izquierda y la derecha a reconocer que la existencia humana tiene múltiples propósitos de emancipación, diferentes del éxito material. El ejercicio ideológico de hoy parece impulsar una existencia moral y el control de los propios deseos consumistas, por medio de la moderación, la capacidad reflexiva, la compasión y el igualitarismo político donde florezcan cuantos derechos y responsabilidades sean necesarios.

Toda esperanza por alcanzar la paz, llena de alegría y deslumbra cualquier voluntad para mirarnos una vez más como seres humanos. Ya lejos de la Revolución Rusa y la gran cantidad de asesinatos del Gulag, podemos tranquilamente decir que es mejor vivir en paz y en medio de una democracia imperfecta, que en medio de movimientos revolucionarios que conducen a callejones sin salida(Solzhenitsyn 1998).

Uno al lado de los otros, respetándonos y dándonos siempre una oportunidad para abrazarnos, saludarnos como amigos y pensar que podremos contar con alguien cuando así lo necesitemos. La paz es un aire fresco de tranquilidad que nos hace vivir plenamente y, por esto, los históricos acuerdos de paz firmados en Colombia el 26 de septiembre de 2016(que cierran cien años de movimientos armadas al lado de la Revolución Rusa), no solamente pusieron fin a un largo camino sangriento que duró cincuenta años, sino que actualmente obligan a pensar en lo inútil, demasiado costoso y nihilista que resulta ser la organización de grupos armados para tomar el poder.

Quizás lo más relevante para evaluar un acuerdo de paz sea el análisis de los alcances huecos que implica la lucha armada. ¿Cómo aprecian la paz aquellos que decían jugarse todo con el fin de transformar el mundo? Resulta irónico, casi absurdo, escuchar los aplausos de varios ex militantes de la izquierda marxista revolucionaria que gritaban eufóricos para colocarse a favor de los acuerdos de paz, cuando en sus épocas universitarias y adolescentes, se embriagaban con las estrategias del foco guerrillero, obnubilados por la figura del Che que todavía cuelga como una insignia o marca registrada en sus oficinas, supuestamente para rendir culto a un héroe rebelde. El Che jamás habría apoyado la paz en Colombia. Hoy día como ayer, aquellos que defendieron la lucha armada, jamás pensaron en el costo humano y vacío al que conducen los experimentos de un conflicto armado.

También están aquellos hombres de convicciones débiles. Si el viento soplaba hacia la izquierda y se podía ganar alguna ventajilla sin estar plenamente esclarecido sobre mayores esfuerzos, aplaudían también la propuesta de impulsar la revolución violenta, aunque se hubieran hundido en el pánico al ver un agota de su propia sangre. ¿Qué pueden decir con argumentos claros, ideas sensatas y conducta ética los revolucionarios de papel, a sus hijos en este siglo XXI sobre el papel de la lucha armada? Quizás junto a unas cervezas, buena comida, un cigarro y la tranquilidad del hogar, podrían expresar que “no valió la pena”. Todo fue sólo pose o impulsividad irresponsable, pero con consecuencias nefastas.

Desde el entrenamiento militar, la disciplina corporal para aguantar una campaña militar, hasta la necesaria transformación de la conciencia que se anime a matar, asesinar e inmolarse por razones tácticas o ideológicas que liquiden al enemigo, el tipo de persona que enaltece la lucha armada desapareció. Declarar la guerra, sabiendo que todo engloba un sacrificio de dudosa recompensa espiritual o ética, es una decisión poco útil. En algún momento, un conjunto de recompensas materiales atrajo al grupo armado, pero no satisficieron el aliciente inicial que, aparentemente, era el fundamento de la revolución: la transformación social, económica, cultural y política que otorgue una verdadera emancipación.

La guerra es un campo de batalla donde se vive o muere. ¿Realmente un ser humano que se precie de tal puede ver en las armas, la violencia y la sangre, una ventana hacia diferentes formas de liberación? De ninguna manera. Las armas son instrumentos de mal agüero cuando son utilizadas a tontas y a locas. Por lo tanto, la guerra o revolución armada es un asunto tenebroso y da miedo pensar que haya hombres y mujeres que puedan apoyarla sin reflexionar sobre el sufrimiento, la muerte, la extorsión, las heridas del alma, los lisiados, la venganza y, en fin, un abanico de sinsentidos que jamás justificarán el logro de resultados positivos.

La lucha armada degenerará en despropósitos, traición y hasta delincuencia, haciendo añicos los principios y valores revolucionarios. Una de las grandes lecciones de la Revolución Rusa es que el instinto de autodestrucción y supervivencia en cualquier empeño violento, hará que predomine la fiereza. Por último, desde América Latina, hoy sabemos que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) financiaron su larga lucha utilizando fuentes como el narcotráfico, el secuestro, los crímenes de lesa humanidad que cometieron y, finalmente, se quedaron muy atrás de octubre de 1917 y lejos de la revolución francesa. No tomaron el poder porque sencillamente no podrían conducir un Estado donde se requiere una legitimidad popular que no descansa en las armas(Catañeda 1993).

Después de cien años desde la revolución de octubre, en América Latina podemos afirmar que los acuerdos de paz en Colombia enseñan que todo revolucionario es un ser lleno de contradicciones muy difíciles de comprender que recorre un camino cargado de sangre de inocentes, quienes tampoco fueron glorificados al buscar el comunismo. Fueron sólo estadísticas. La Revolución Rusadegeneró en miles de ficciones ideológicas, haciendo ver que la lucha armada puede terminar en fracasos estrepitosos.


Bibliografía
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Benajmín, Walter. Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV. Bogotá: Taurus, 1998.
Catañeda, Jorge. La utopía desarmada. Madrid: Ariel Editorial, 1993.
Collier, David, y Steve Levitsky. «Democracy with Adjectives: Finding Conceptual Order in Recent Comparative Research.» World Politics 49, nº 3 (1997): 430-451.
Hobsbawn, Eric. Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona: Crítica, 2011.
—. Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica, 2010.
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Jocelyn-Holt, Alfredo. El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar. Santiago de Chile: Penguin Random House Grupo Editorial Chile, 2014.
Lenin, V.I. El Estado y la revolución. Madrid: Fundación Federico Engels, 1997.
Moore Jr., Barrington. Authority and Inequality under Capitalism and Socialism (Tanner Lectures on Human Values). Oxford: Clarendon Press, 1987.
Moore, Jr., Barrington. Social origins of dictatorship and democracy. Lord and peasant in the making of the modern world. Boston: Beacon Press, 1967.
Skocpol, Theda. States and Social Revolutions: A Comparative Analysis of France, Russia, and China. Cambridge: Cambridge University Press, 1978.
Solzhenitsyn, Alexandr. Archipiélago Gulag, Tomo I. Madrid: Tusquets Editores, 1998.

Sociólogo político, doctor en gestión pública y relaciones internacionales, miembro de Yale World Fellows Program

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