Daniel Averanga[1] / Para Inmediaciones

Partamos por una cosa: el arte es inasible/inalcanzable/imposible por quien quiere, por todos los medios, ser considerado artista. Nadie nace siendo Salvador Dalí, quien juraba que no podía entender su propio arte, porque el mismo estaba destinado a sacudir, incomodar, cuestionar y no a ser un objeto para ayudar a comprender una visión del mundo en particular; el arte se escapa de esos sujetos que medran como conejillos hambrientos en campo de zanahorias. No importa, como se dice, que se crean artistas, o porque ansíen que todo quiera girar alrededor de ellos; lo importante es que el tiempo los juzgará, y con esto, el olvido, la gran ira del Dios de la “inspiración”, como extra.

Y la cosa va así: en 2016 Alejandro Archondo publica por redes sociales un homenaje oportunísimo a la mujer boliviana con un dibujo sobre una señorita desnuda y con sobrepeso, junto a figuras de cartón que muestran a mujeres de diversas clases sociales; todas estas figuras tienen un hueco donde debieran ir los rostros, como para que la señorita desnuda complete las figuras, poniendo su rostro en esos lugares. Muy buena idea, eso de homenajear a la mujer boliviana a través de esta imagen: construir identidad y reflejar en la intención de la señorita sin complejos (desnuda y con sobrepeso, pero “feliz”), su decisión por pertenecer a distintos estratos, sea cual fuere su anatomía. Me sonó también a esa paradoja del inspector p´ajpacu que cambia de pieles en la novela “Cuando Sara Chura despierte” de Juan Pablo Piñeiro; todo parece artístico, claro, salvo por un detalle: la verosimilitud de la intención. Todas las mujeres de cartón tenían “el color de piel” del autor. ¿Intencional? ¿Falta o carencia creativa? ¿Una forma compleja y casi metafísica de enfrentar al espectador, por medio de este detalle? ¿Olvido del subconsciente del autor, que no ve esto del “color de piel” como un elemento necesario, pero sí ve al sobrepeso, a las clases sociales y a la desnudez como temas más necesarios para abordar?

Es como ver la película “Ghost in the sell”, con Scarlett Johanson: bonita la intención, pero resulta fuera de contexto, o como esperar que la representatividad de nuestras “misses” sea solo de mujeres que superan la prueba de colores claros en la piel, ¡salve, oh mi querida señora Gloria!

Me pareció curioso este detalle, y le pregunté al señor Archondo el porqué, quizá sí había una intención prioritaria y hasta revolucionaria para mostrar a mujeres de diversas clases sociales con el mismo tono de piel, como si todas hubieran nacido de la misma madre y, por ende, se vistieran imaginariamente para ser parte del dibujo.

Y no, la respuesta de Archondo fue la de creer que yo estaba molestándole, con mala leche, su intentona por querer la aprobación de los demás.

Ser artista, creo yo, no es buscar que los demás te aprueben y, de paso, te compren tus tarjetitas poseras. No. Lo lamento. El arte cuestiona, y también busca que se lo cuestione; una novela, por ejemplo, que no se defiende por sí sola y necesita de su autor para ello, no es un producto artístico, y de igual manera, un dibujo que nace como una vaca sagrada transgénica, solo porque lo ha hecho alguien para que los demás lo aprueben como ilustración, no alcanza dicho nombre o categoría.

Archondo es considerado (o se considera a sí mismo, no sé cómo será en las entrevistas): “artista plástico, ilustrador e historietista”; pero “artista” es un nombre muy grande para él, porque no llega a serlo por su sentido estropeado de dignidad sobre su propia obra: la misma no ha alcanzado un universo propio, y se apoya en el ridículo local para querer caer bien a mansalva.

Los calificativos de “ilustrador” o “historietista”, de por sí, también le quedan grandes (gigantes) al “Arxondito” (así sí se autoproclama); esto se puede ver, claramente, en sus “aportes” a la historieta nacional: sus intervenciones a “La Fiesta Pagana” y “Gráfika Erótika” son tan pobres porque se apoyan en la imagen más que en narrativa visual mínima (para ser ilustrador se debe trabajar con una idea, y para ser historietista se debe construir una cosmovisión de lo que se desea contar), y “Cada Ver Exquisito”, su muestra de ¿tarjetas, “posterxitos”, arte gráfico? Se apoya más en retratar a las personas de su cotidiano con humor caricaturesco y sin un concepto de lo que busca en realidad.

Habla de hacer historieta, pero Archondo debería buscar (antes, sobre todo) en un diccionario el concepto de la misma para autocalificarse como tal; dice que: “No sé si soy caricaturista, ilustrador, diseñador gráfico… Uno se tiene que acomodar, por eso soy muy flexible para hacer distintos géneros” (La razón, 29 de enero de 2012); ahora pregunto: ¿de qué géneros habla, si lo único que hace son sus tarjetitas sin historia? Quizá estaba hablando de productos creativos, no sé.

Pues bien, tendremos que ilustrarle sobre qué es una historieta, que por si acaso tiene su sentido en su mismo maldito nombre: HISTORI-ETA: contar una historia, apoyarse en la imagen y usar “viñetas” para ello: “VIÑETAS”, en plural, no asentarse en una sola imagen para tratar de consolidarse como “artista”.

Como no tiene una base narrativa en la cual apoyarse, Archondo se apoya en lo que mira, aunque vea a todos con su propio color de piel y se ofenda cuando se le cuestiona por ello; “Qué ciudad de locos” (2006 y sin signos de puntuación o admiración, ¡maldita sea!), la supuesta “novela gráfica” creada junto a la peruana Avril Filomeno (y creo yo, primer intento de este diseñador gráfico paceño, por llamarse “artista, ilustrador, historietista”), “cuenta” (no, lo siento: no cuenta nada) cuatro historias que no llegan a serlo, todo visto o vivido indirectamente por “Pankarita”, un loco que se convierte en una especie de ayuda turístico muy oenegero, para que conozcamos que en esa “ciudad de locos”, hasta los pordioseros son buena onda o mínimo amigos del “Papirri” (el padrino espiritual de Archondo, al parecer); poca inventiva, vacío narrativo; en fin, un falsoafán verdadero.

Para Archondo, que es llamado “cronista” (crono-rojista, diría yo) por algunos periodistas digitales que se creen todo su currículum adjetivado, los pobres, los marginados y los marginales, los malvivientes y los malvividos, son los que hacen traquetear esa frustración en papel llamada novela gráfica; lo lamento, en serio, pero es aburrido pensar que un producto como aquel, lleva ese nombre aún.

Ya quisiera que Archondo conviva con uno de esos pordioseros unas horas por lo menos, para saber si ellos también hablan “metafísica popular”, o al menos no intentan hacer de él un “picante surtido”, al escucharlo hablar sobre su “arte”.


[1] Escribidor con fecha de vencimiento, odia a los presuntuosos. Se odia también, no por presuntuoso, sino por costumbre.

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